El Abate Constanín by Ludovic Halévy
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El Abate Constanín by Ludovic Halévy 1834-1908
Language : Spanish
EL ABATE CONSTANTIN
I
Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía
cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta
años habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la
pequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil
curso de agua llamado el Lizotte.
Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de
Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y
maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas
por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos
azules pegados a los pilares.
Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m.
tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny,
la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:
1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques,
vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de
pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos
mil francos.
2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base:
quinientos mil francos.
3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base:
cuatrocientos mil francos.
4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta
hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.
Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable
suma de dos millones cincuenta mil francos.
Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos
atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a
hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que
después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a
reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado
grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún
comprador.
La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió
a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres
nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a
remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven
de veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estaba
semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.
Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval
tendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería?
¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos,
junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre
cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien
mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del
cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto
de vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate
Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía.
El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además,
los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba también
en sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todos
los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo
obsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años,
venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:
--Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi
mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de
María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.
¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar
desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y
este año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en
floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa
mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert,
la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regalado
por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de los
chantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, la
directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado
el lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que la
anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era
librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.
La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos
eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del
Lizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas de
las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la
Mionne. ¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento
desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía
treinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran
casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa
en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse
con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla,
y decirse:
--¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este año
tendremos una excelente cosecha.
Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus
plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su
vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya
última hora había llegado.
El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos
de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también
el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la
Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado
en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso
y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de
Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y
luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para
conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos
charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera
a misa, y éste respondía:
--Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que así
somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos
harán abrir la puerta del Paraíso.--Y maliciosamente añadía, dando un
suave latigazo a la vieja yegua:--¡Si lo hay!
--¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay!
--Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no es
seguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiando
a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y
le diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves del
Paraíso, no es así?
--Sí, es San Pedro.
--Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las
puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis:
«¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los
arrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al
concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían
echar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá:
«Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle
gusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de
Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura
de Longueval.
Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había
soñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron
grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes.
Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea,
su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él
mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el
viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su
alma permanecía tierna y cariñosa.
Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia
sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus
perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre
las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas
de tierra.
Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una
corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo
inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una
fe cándida y tranquila.
Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las
otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo
amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en qué
circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás
se confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los
que sufrían!...
Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo
Reynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de
aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su
muerte, y se decía:
--¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá
lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha
debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.
Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras
continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del
abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para
saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale
todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de
Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza
voces que lo llamaban.
--¡Señor cura, señor cura!
En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un
terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens con
su hijo Pablo.
--¿Dónde vais, señor cura?--preguntó la Condesa.
--A Souvigny, al Tribunal, para saber...
--Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos
cuenta del resultado.
El abate Constantín subió al terrado.
Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy
desgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida,
pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y
exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y
espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por
necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y
hacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas,
acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía
al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, que
concluirá por amarme.»
De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido
tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba
demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. El
continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así
pasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama de
Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación;
resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni
curarla de este amor que la consumía.
El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, en
el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin
estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había
disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa
de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía,
consagrándose por completo a la educación de su hijo.
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Language : Spanish
EL ABATE CONSTANTIN
I
Con paso firme y ligero aún, caminaba un anciano sacerdote por la vía
cubierta de polvo, bajo los rayos del sol de mediodía. Más de treinta
años habían transcurrido desde que el abate Constantín era cura de la
pequeña aldea que dormía, allá en la llanura, a orillas de un débil
curso de agua llamado el Lizotte.
Un cuarto de hora hacía que el abate costeaba el muro del castillo de
Longueval, cuando llegó a la puerta de entrada, que se apoyaba alta y
maciza sobre dos enormes pilares de viejas piedras ennegrecidas y roídas
por el tiempo. El cura se detuvo y miró con tristeza los grandes avisos
azules pegados a los pilares.
Los avisos anunciaban que el miércoles 18 de mayo de 1881, a la 1 p. m.
tendría lugar, en la sala de audiencia del Tribunal civil de Souvigny,
la venta del dominio de Longueval, dividido en cuatro lotes:
1.º El castillo de Longueval y sus dependencias, lindos estanques,
vastos canales, parque de ciento cincuenta hectáreas, todo cercado de
pared y atravesado por el río Lizotte. Base para la venta: seiscientos
mil francos.
2.º La granja de Blanche-Couronne, trescientas hectáreas. Base:
quinientos mil francos.
3.º La granja de la Rozeraie, doscientas cincuenta hectáreas. Base:
cuatrocientos mil francos.
4.º Los plantíos y los bosques de la Mionne, cuatrocientas cincuenta
hectáreas. Base para la venta: quinientos cincuenta mil francos.
Y estas cuatro cifras adicionadas al pie del aviso, daban la respetable
suma de dos millones cincuenta mil francos.
Así, pues, iba a dividirse la magnífica propiedad que desde dos siglos
atrás siempre había escapado a la división, pasando intacta de padres a
hijos, en la familia de Longueval. El aviso anunciaba también que
después de la venta provisional de los cuatro lotes, habría derecho a
reunirlos para rematar toda la propiedad entera; pero era demasiado
grande, y según todas las apariencias, no se presentaría ningún
comprador.
La Marquesa de Longueval había muerto seis meses antes. En 1873, perdió
a su hijo único, Roberto de Longueval; los herederos eran los tres
nietos de la Marquesa: Pedro, Elena y Camila. Tuvieron que sacar a
remate la propiedad, porque Elena y Camila eran menores. Pedro, joven
de veintitrés años de edad, había hecho mil locuras, estaba
semiarruinado y no podía pensar en rescatar a Longueval.
Eran las doce del día. Dentro de una hora el castillo de Longueval
tendría un nuevo dueño. Y ese dueño, ¿quién sería?
¿Qué mujer ocuparía, en el gran salón cubierto de tapices antiguos,
junto a la chimenea, el lugar de la Marquesa, la vieja amiga del pobre
cura de la aldea? Ella fue quien reconstruyó la iglesia, ella quien
mantenía la botica del presbiterio a cargo de Paulina, la sirvienta del
cura, ella quien, dos veces por semana venía en su gran landó, cubierto
de vestiditos de niños y gruesas enaguas de lana, a buscar el abate
Constantín para salir a caza de pobres, como ella decía.
El anciano sacerdote continuó su camino pensando en todo esto. Además,
los más grandes santos tienen sus pequeñas debilidades, pensaba también
en sus buenos hábitos de treinta años bruscamente interrumpidos. Todos
los jueves y domingos comía en el castillo. Cómo lo mimaban, lo
obsequiaban, lo traían en palmas... La pequeña Camila, tenía ocho años,
venía a sentarse sobre sus rodillas y le decía:
--Mirad, señor cura, en vuestra iglesia es donde quiero casarme, y mi
mamá llenará toda, toda la iglesia de flores... más que para el mes de
María. Será como un gran jardín, todo blanco, blanco, blanco.
¡El mes de María!... En ese momento era el mes de María. Antes el altar
desaparecía bajo las flores traídas de los invernáculos del castillo, y
este año sólo se veían algunos ramos de lirios y lilas blancas, en
floreros de porcelana dorada. Antes, todos los domingos, en la misa
mayor, y todas las tardes, durante el mes de María, la señorita Hebert,
la lectora de madama de Longueval, tocaba el pequeño armonium regalado
por la Marquesa. Hoy el pobre armonium no acompañaba ya la voz de los
chantres, ni los cánticos de los niños. La señorita Marbeau, la
directora de correos, era algo música, y con mucho gusto habría ocupado
el lugar de la señorita Hebert, pero no se atrevía, temía que la
anotaran como clerical y verse denunciada por el alcalde, que era
librepensador. Eso habría obstado quizá a su ascenso.
La pared del parque había terminado; de ese parque, cuyos rincones todos
eran familiares al anciano cura. El camino seguía ahora las orillas del
Lizotte, y del otro lado del pequeño río, se extendían las praderas de
las dos granjas; después, más allá, elevábanse los altos bosques de la
Mionne. ¡Dividida!... ¡la propiedad iba a ser dividida! Tal pensamiento
desgarraba el corazón del pobre sacerdote. Para él, todo ésto, hacía
treinta años que era un conjunto, formaba un solo cuerpo. También eran
casi su propiedad, sus bienes aquellos dominios. Se sentía en su casa
en las tierras de Longueval. Más de una vez le había sucedido detenerse
con placer ante aquel inmenso trigal, arrancar una espiga, desgranarla,
y decirse:
--¡Vamos! los granos son buenos, firmes y bien formados; este año
tendremos una excelente cosecha.
Y alegremente continuaba su camino a través de sus campos, sus
plantaciones y sus praderas. En una palabra, por todas las cosas de su
vida, por todos sus hábitos y sus recuerdos, quería esa propiedad, cuya
última hora había llegado.
El abate divisaba a lo lejos la granja de Blanche-Couronne; sus techos
de teja francesa se destacaban sobre el verde del bosque. Allí también
el cura se encontraba como en su casa. Bernardo, el quintero de la
Marquesa, era su amigo, y cuando el anciano sacerdote se había demorado
en sus visitas a los pobres y enfermos, cuando el sol tocaba a su ocaso
y el abate sentíase fatigado y con apetito, deteníase, comía en casa de
Bernardo un buen plato de tocino con papas, vaciaba su jarro de sidra, y
luego, concluida la cena, Bernardo enganchaba su viejo cabriolet para
conducir al cura hasta Longueval. Durante todo el camino los dos
charlaban y se contradecían. El cura reprochaba a Bernardo que no fuera
a misa, y éste respondía:
--Mi mujer y mis hijas van por mí... Bien sabéis, señor cura, que así
somos nosotros. Las mujeres tienen religión por los hombres. Ellas nos
harán abrir la puerta del Paraíso.--Y maliciosamente añadía, dando un
suave latigazo a la vieja yegua:--¡Si lo hay!
--¡Cómo! ¿si lo hay? Pero ¡verdaderamente lo hay!
--Entonces vos entraréis allí, señor cura. Decís que esto no es
seguro... y yo os digo que sí. ¡Vos estaréis allí! en la puerta espiando
a vuestros parroquianos y seguiréis ocupándoos de nuestros asuntos. Y
le diréis a San Pedro... ¿es San Pedro quien tiene las llaves del
Paraíso, no es así?
--Sí, es San Pedro.
--Pues bien, le diréis a San Pedro, si quiere, si quiere cerrarme las
puertas en las narices, so pretexto de que yo no iba a misa, le diréis:
«¡Bah! no importa, dejadlo pasar... es Bernardo, uno de los
arrendatarios de la señora Marquesa, muy buena persona. Pertenecía al
concejo municipal, y votó por que conservaran a las hermanas que querían
echar de la escuela.» Esto conmoverá a San Pedro, que responderá:
«Bueno, entonces, pasad, Bernardo, pero tened entendido que es por darle
gusto al señor cura.» Porque allá arriba todavía seréis cura, y cura de
Longueval. Sería demasiado triste el Paraíso para vos si no fuerais cura
de Longueval.
Cura de Longueval, sí, toda su vida no había sido otra cosa, nunca había
soñado ni querido más que eso. Tres o cuatro veces le propusieron
grandes curatos de cantón, con buena renta y uno o dos tenientes.
Siempre había rehusado. El adoraba su pequeña iglesia, su pequeña aldea,
su microscópico presbiterio. Allí estaba solo, tranquilo, hacía todo él
mismo; siempre por las calles y caminos, bajo el sol y la lluvia, el
viento y la nieve. Su cuerpo se había endurecido al cansancio, pero su
alma permanecía tierna y cariñosa.
Vivía en su presbiterio, una gran casa de campo, separada de la iglesia
sólo por el cementerio. Cuando el cura subía la escalera para podar sus
perales y sus parras, por encima de la pared divisaba las tumbas sobre
las que había dicho las últimas oraciones y echado las primeras paladas
de tierra.
Entonces, continuando su trabajo de jardinero, decía mentalmente una
corta plegaria por la salvación de aquellos de sus muertos que más lo
inquietaban, y que podían estar detenidos en el purgatorio. Poseía una
fe cándida y tranquila.
Pero entre aquellas tumbas existía una que con más frecuencia que las
otras recibía sus visitas y sus oraciones. Era la tumba de su viejo
amigo, el doctor Reynaud, muerto en sus brazos en 1871, y ¡en qué
circunstancias! El doctor era como Bernardo, nunca iba a misa, y jamás
se confesaba; ¡pero era tan bueno, tan caritativo, tan compasivo con los
que sufrían!...
Esta era la gran preocupación, la grande inquietud del cura. Su amigo
Reynaud, ¿dónde estaría? Luego recordaba la noble vida del médico de
aldea, toda de valor y abnegación; recordaba su muerte, sobre todo su
muerte, y se decía:
--¡En el Paraíso; no puede estar sino en el Paraíso! El buen Dios quizá
lo haya hecho pasar un momento por el purgatorio... por forma... pero ha
debido sacarlo de allí al cabo de cinco minutos.
Todo esto pasaba por la imaginación del anciano sacerdote, mientras
continuaba su camino hacia Souvigny. Se iba a la ciudad, a casa del
abogado de la Marquesa, para conocer el resultado de la venta, para
saber quiénes eran los nuevos propietarios de Longueval; quedábale
todavía un kilómetro que correr antes de llegar a las primeras casas de
Souvigny; pasaba por el parque de Lavardens, cuando oyó sobre su cabeza
voces que lo llamaban.
--¡Señor cura, señor cura!
En este sitio la larga calle de tilos que costeaba el muro, formaba un
terrado. Levantando la cabeza, el abate vio a la señora de Lavardens con
su hijo Pablo.
--¿Dónde vais, señor cura?--preguntó la Condesa.
--A Souvigny, al Tribunal, para saber...
--Quedaos con nosotros. M. de Larnac vendrá después de la venta a darnos
cuenta del resultado.
El abate Constantín subió al terrado.
Gertrudis de Lannilis, condesa de Lavardens, había sido una mujer muy
desgraciada. A los dieciocho años hizo una locura, la única de su vida,
pero irreparable: casose, por amor, en un arranque de entusiasmo y
exaltación, con M. de Lavardens, uno de los hombres más seductores y
espirituales de aquel tiempo. El no la amaba y se casaba sólo por
necesidad: había devorado hasta el último céntimo de su patrimonio, y
hacía dos o tres años que se sostenía en el mundo a fuerza de intrigas,
acribillado de deudas. Gertrudis Lannilis sabía todo esto y no se hacía
al respecto ninguna ilusión; pero pensaba: «Lo amaré tanto, que
concluirá por amarme.»
De ahí nacieron todas sus desdichas. Su existencia habría sido
tolerable, si no hubiera amado tanto a su marido; pero lo amaba
demasiado, y sólo consiguió fatigarlo con sus halagos y cariños. El
continuó su vida antigua, que por cierto era bastante desordenada. Así
pasaron quince años de eterno martirio, soportado por madama de
Lavardens con toda la apariencia de una apacible resignación;
resignación que no existía en su corazón. Nada pudo distraerla, ni
curarla de este amor que la consumía.
El señor de Lavardens murió en 1869, dejando un hijo de catorce años, en
el cual despuntaban ya todos los defectos y calidades de su padre. Sin
estar seriamente comprometida, la fortuna de madama de Lavardens había
disminuido considerablemente. Con tal motivo, la Condesa vendió su casa
de París, y se retiró al campo, donde vivió con mucho orden y economía,
consagrándose por completo a la educación de su hijo.
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